Todas las personas que permanecían como contactos en cuarentena en el Hospital Gómez Ulla, en Madrid, tras las infecciones por hantavirus en el crucero MV Hondius, han abandonado ya el centro hospitalario y se encuentran en sus domicilios, mientras permanece ingresado un paciente cuyo caso está confirmado, y, que solo presenta febrícula, sin que se haya producido un empeoramiento de su situación clínica.
En la crisis del Hantavirus hemos visto, por un lado, la España real, la de la ciencia y la razón, la de los sanitarios, la cooperación, la prudencia y la humanidad. La que se hace cargo de la gestión de los problemas para solucionarlos. Pero por otro, vimos un país de ruido, miedo y ridículo: el de la derecha que, ante una emergencia sanitaria, elige la sospecha, el alarmismo y el cálculo partidista.
Desde que España decidió acoger el buque MV Hondius en Canarias “en cumplimiento del Derecho Internacional y el espíritu humanitario”, se desplegó una compleja operación para atender a 143 personas de 23 nacionalidades. La OMS respaldó la actuación española. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, no ahorró ni un elogio a la “compasión y solidaridad” de España.
También llegó el apoyo de Naciones Unidas, de la Comisión Europea y del Consejo Europeo: António Guterres, Ursula von der Leyen y António Costa agradecieron el rápido y eficiente desembarco en Tenerife y reconocieron el trabajo de nuestro Gobierno. Los medios internacionales describieron la operación española como una respuesta de alcance internacional ante una crisis sanitaria delicada. Desde todas las instancias se avergonzó a esta nuestra oposición patria, de PP y Vox, que lejos de apoyar la acción del Gobierno, se dedicaba a sembrar sombras sobre la misma.
Cada vez que España ha necesitado reforzar herramientas colectivas de protección sanitaria, la derecha ha pensado o en hacer negocio o en dejar a la ciudadanía a su suerte. Conviene recordarlo: el PP se puso de perfil el día que se votó en el Congreso la Ley General de Sanidad de 1986; combatió durante años la consolidación del sistema nacional de salud y recientemente volvió a bloquear, junto a Vox, la creación de la Agencia Estatal de Salud Pública incluso después de la experiencia traumática del COVID. El PP sigue deteriorando el sistema público de salud allí donde gobierna, solo o en compañía de otros.
Mientras el Gobierno se esforzaba por garantizar la salud pública, PP y Vox y, con enorme torpeza, Coalición Canaria, eligieron el camino que les resulta más familiar. Primero hablaron de ocultación y descoordinación, y cargaron contra Pedro Sánchez por permitir la llegada del crucero. Pasaron de calificar la gestión como “caos” y “falta de información” a hablar de “show de televisión” cuando el operativo ya era un éxito.
El presidente de Canarias, Fernando Clavijo, tampoco ha estado a la altura de lo que los canarios necesitaban en ese momento. Falló Clavijo, no Canarias. La solidaridad canaria sigue intacta, pero su presidente pretendió politizar una situación de crisis más preocupado por marcar perfil político propio que por trasladar serenidad a la ciudadanía.
Es tan evidente que este Gobierno ha gestionado bien la crisis que hasta dirigentes territoriales del PP, como Alfonso Rueda, han reconocido que se estaba haciendo un buen trabajo. Porque hay momentos en los que la realidad se impone incluso para la oposición más obtusa de la historia de España.
Mientras gritan, este Gobierno ofreció una gestión impecable de una crisis: la evacuación médica, el seguimiento epidemiológico, la definición y activación de los protocolos. Siguiendo exactamente aquello que la derecha española lleva años despreciando: ciencia, servicios y servidores públicos, coordinación institucional.
Hay algo simbólico en todo esto. Durante días, el fantasma del Prestige se nos apareció a muchos en el horizonte. Otra vez un barco convertido en metáfora nacional. Otra vez una emergencia observada desde tierra con inquietud. Otra vez esa imagen de una popa elevándose sobre el mar con la quilla al aire, recordándonos lo que ocurre cuando la incompetencia, la propaganda y la soberbia sustituyen a la gestión.
Muchos españoles sentimos también cierto alivio íntimo: el de haber esquivado otra bala histórica porque, afortunadamente, el PP no estaba al frente de esta nueva crisis. Porque lo del Prestige no fue solamente una catástrofe ecológica; es también el símbolo de una manera de gobernar basada en negar la realidad hasta que la realidad te arrasa.
La ley del más fuerte, la que defienden las derechas, tiene un corolario muy reconocible en estas situaciones: sálvese quien pueda. Frente a la cooperación, competencia entre territorios y entre países. Frente a la transparencia, ocultación. Frente a la solidaridad, abandono, repliegue y propaganda.
Gobernar, sin embargo, consiste exactamente en lo contrario. Es asumir responsabilidades, proteger a los más vulnerables, coordinar instituciones, escuchar a los expertos, actuar rápido y con precisión. Y también en entender que hay emergencias en las que un país se retrata moralmente ante el mundo.
Porque la salud es lo que importa #PonSaludEnTuVida
Miguel Ángel Fernández García
Portavoz Plataforma Sanidad Pública Zona Norte


Totalmente de acuerdo con el comentario de Miguel Ángel, muy bien explicado y redactado. Pero aunque no no quiero ser pesado no puedo dejar de señalar que los cafres ignorantes son mayoría. No hay otra cosa. Nos tienen bajo su dominio, porque, como sabemos, no hay pueblo pará otra cosa. Y no hay expectativas de cambio en un futuro largo.