SanSe: una historia de intento de agresión y policía local

PALESTINA VUELTA 2

Tengo ya unos cuantos años (no tardaré en cumplir 60). Y la barba cana. Y gafas. Y una mujer a la que quiero, y una hija preciosa, con las que el domingo paseaba a las cinco y media o seis de la tarde, a la vera del Paseo de Europa, por la paralela (calle Cristo de los Remedios), cuando todo sucedió. Bajábamos los tres, charlando tranquilamente, al sol de septiembre, hacia la calle María Santos Colmenar, cuando un sujeto que subía se nos echó encima, comenzó a insultarnos e intentó agredirnos.

Le escuché decir algo así como «gentuza», dirigiéndose a mi mujer, a mi hija (que llevaba una bandera de Palestina) y a mí. Y me quedé un tanto descolocado. Supongo que al principio debí creer que no se dirigía a nosotros (una familia normal y corriente: un señor con barba blanca, una mujer de 49 años y una chica de 22), pero, tras un titubeo primero, y tras ver cómo se me encaraba con chulería, supe que sí, que sí se estaba dirigiendo a nosotros: a mi mujer, a mi hija y a mí mismo. Sobre todo a mí, como si quisiera desde el principio ir más allá de la agresión verbal para entrar en materia específicamente conmigo. El caso es que, tras ese titubeo inicial, le espeté algo así como un «gentuza serás tú…», y fue entonces cuando el sujeto (polo azul claro, pantalón corto beige, quizá treinta y tantos) se puso en posición de ataque (cerró los puños, una pierna atrás y otra adelante) y empezó a dar rodeos y a moverse en torno al grupo como si estuviese buscando el mejor flanco. Yo me dirigí a él, mi hija se puso entre él y yo; y mi mujer también (en un forcejeo acabó con el bolso roto). Ante la escena, el sujeto en cuestión espetó algo así como «te salvan las mujeres» (como si quisiera incrementar la tensión hasta hacer saltar la chispa), mientras insultaba a discreción (hijos de puta varios, asquerosos; a mi hija le dijo «roja de mierda»).

A la vista de los acontecimientos, mi mujer y mi hija (yo mismo también) comenzamos a gritarle al sujeto en cuestión, lo que alertó a la gente que había en las proximidades, alerta que supongo disuadió al individuo de insistir en su escalada. El caso es que dio media vuelta y volvió por donde venía. O sea, que bajó por la calle Cristo de los Remedios en dirección a María Santos Colmenar para girar después rumbo a la aledaña Glorieta de los Árboles Fuente. Nosotros (los tres) le seguimos hasta allí, porque habíamos visto policías en la Glorieta.

El sujeto en cuestión pasó por delante de ellos (nosotros íbamos en ese momento a unos metros de distancia) y debió reunirse con algún amigo que tenía allí, en la misma Glorieta, porque desde allí escuchamos algún insulto (hijos de puta) dirigido nuevamente hacia nosotros, insulto al que yo contesté con un hijos de puta equivalente y sonoro. Se me echaron encima entonces varias personas que me increparon no sé muy bien en qué términos, porque entonces la tensión ya era considerable.

Me encaré con uno de ellos y le pregunté -delante de un policía que se había puesto delante de mí- qué le parecería a él si yendo tan tranquilo por la calle «con tu mujer y tu hija te viene un tío, te insulta e intenta agredirte». Entre tanto, mi mujer y mi hija, absolutamente indignadas, reclamaban a la policía (a los varios policías locales que estaban allí) que tomasen cartas en el asunto, ambas señalando al agresor, que se encontraba aún en la Glorieta, apenas unos metros más allá.

El policía primero me impidió seguir al sujeto (me cerró el paso y me ordenó que me detuviera), empleó a continuación el consabido «dispérsense», y «que se dispersen», insistió. «Y que se dispersen» (los que habían venido a increparme se evaporaron) y, tras varias repeticiones con la consabida cantinela, yo contesté con un «yo me disperso, pero ese sujeto que va por ahí [lo señalé con claridad, porque ya empezaba a alejarse de la Glorieta] ha intentado agredirnos a mi hija, a mi mujer y a mí».

Se lo dije una y otra y otra y otra vez a ese y a otros policías locales, que en ningún momento solicitaron al individuo en cuestión que permaneciese en el lugar para esclarecer los hechos. Ante mis airadas protestas («oiga, que se está marchando, que es ese que lleva el polo azul y que se está marchando»), ante mi insistencia, digo… la respuesta del oficial que parecía al mando fue la siguiente: «a mí usted no me grite, no vuelva a gritarme» (yo no estaba gritándole, no acostumbro a gritar nunca a nadie).

A continuación, y tras protestar una y otra vez porque el sujeto se estaba alejando ante la absoluta indiferencia de los policías locales allí reunidos (habría cinco o seis), el que supongo estaba al mando (el más veterano de ellos) ordenó que me identificaran (a mí) y, al final, la situación, rocambolesca, se resolvió así: con un sospechoso (tres testigos lo estaban señalando) marchándose de la Glorieta susodicha y yo, la persona denunciante, identificándome ante la policía local de San Sebastián de los Reyes.

Fui consciente (o al menos tuve la sensación) de que alguno de los agentes presentes estaba abochornado, porque la situación no dejaba de ser bochornosa.

Pero la sensación mayor que me ha quedado, que nos ha quedado, es la de desamparo e impunidad.

Impunidad (ser objeto de una agresión verbal y ser objeto de un intento de agresión física y que no pase nada aunque te acercas a la policía y le señalas al sujeto agresor, que está allí, presente) y desamparo (aún sigo preguntándome por qué el oficial al mando no quiso esclarecer los hechos, cuando era muy sencillo). «Denuncien ustedes si lo consideran oportuno», nos dijo, ante las reiteradas protestas que mi hija, mi mujer y yo mismo expresamos, siempre educadamente.

El episodio «policial» debió durar diez o quince minutos. Diez o quince minutos de absoluta estupefacción. No acabábamos de entender lo sucedido. No acabábamos de entender que los denunciantes se acerquen a un policía, le digan que acaban de ser objeto de una agresión (o intento de agresión) y que identifiquen in situ, de manera inequívoca, al sujeto agresor, y que los agentes acaben reteniéndome primero a mí, mientras el sujeto se marcha, y pidiéndome después a mí la documentación… Sí, estupefacción.

Uno de los agentes le comunicó a mi mujer en un momento dado que habían «filiado» al sujeto en cuestión.

«Creo que utilizó esa palabra», me ha dicho mi mujer. «Filiado».

La verdad es que yo no vi que se le diese el alto en ningún momento, como sí se hizo conmigo, y tampoco vi que se le pidiese la documentación, como sí se me pidió a mí. Pero, si es así, si efectivamente se le solicitó la identificación y se identificó, me alegro. Y me alegro porque, tal y como nos sugirió el oficial al mando de la policía local, hemos denunciado en la comisaría de la Policía Nacional, donde nos han atendido como uno espera ser atendido en una situación como esta: con profesionalidad y seriedad.

En mi vida me he visto envuelto en una situación como esta, y tengo casi sesenta años. En mi vida. Tampoco mi mujer. Tampoco mi hija.

Y espero y deseo que esta sea la primera y la última vez en verme envuelto en algo así, pero, si hubiera de volver a suceder, que no sea en un pueblo en el que la policía local obra como ayer obró el oficial al mando en la Glorieta de autos.

Estoy convencido de que no todos los policías locales de este municipio yerran siempre. Antes al contrario, estoy convencido de que serán muchos más los aciertos que los errores, pero anteayer, anteayer, en esa Glorieta, creo que se equivocaron. Y mucho. Y determinados errores no benefician a nadie. Y mucho menos a la seguridad en este municipio. Que es eso (y no otra cosa) lo que queremos todos los vecinos y todas las vecinas de este pueblo: seguridad, tranquilidad.

Todos y todas queremos pasear tranquilas por las calles y los parques de este pueblo, sin temor a que un desconocido se acerque a nosotros (o a nosotras) a insultarnos verbalmente o a amenazarnos físicamente. Si actos como ese quedan impunes (o de algún modo cunde la sensación de impunidad), los delincuentes acabarán envalentonados, y la gente de bien, la que pasea de la mano de su mujer y con su hija una tarde de sol y domingo, estará (o se sentirá) menos protegida de lo debido, de lo merecido.

Mi nombre es Antonio Barrero Fernández, soy periodista, y anteayer, en compañía de mi mujer y mi hija, fuimos insultados y amenazados por un sujeto que podría tener unos treintaytantos años, que vestía polo azul y pantalón beige.

Lo hemos denunciado. Lo hemos hecho por nosotros, por nosotras, y por toda la gente que queremos en este pueblo en el que vivimos desde hace más de 30 años, un pueblo en el que queremos seguir paseando tranquilos, tranquilas, en paz.

Tengo ya unos cuantos años (no tardaré en cumplir 60). Y la barba cana. Y gafas. Y una mujer a la que quiero, y una hija preciosa, con las que el domingo paseaba a las cinco y media o seis de la tarde, a la vera del Paseo de Europa, por la paralela (calle Cristo de los Remedios), cuando todo sucedió. Bajábamos los tres, charlando tranquilamente, al sol de septiembre, hacia la calle María Santos Colmenar, cuando un sujeto que subía se nos echó encima, comenzó a insultarnos e intentó agredirnos.

ABF

4 comentarios en “SanSe: una historia de intento de agresión y policía local”

  1. Lamentable y angustioso. Lo siento, Antonio. Me pone mala la testosterona desbordada, la falta de educación y respeto que lleva a la agresión y, sobre todo, la desprotección frente a ello.

  2. Describes una situación de violencia, intolerancia, misoginia e inacción policial ante un sujeto claramente de ultraderecha que podría haber pasado a una agresión física. Esto recuerda a épocas pasadas a las que nadie con dos dedos de frente querría volver. Pero esos dos dedos de inteligencia, de sentido común y de sensibilidad los devora el miedo que tiene esta gente a la diversidad, a las mujeres libres y a los derechos humanos. Lo siento. No deseo verme en algo parecido.

  3. Irene, la mujer del barbas blancas

    «Cuando la policía falla, crece la indefensión»

    El domingo sufrimos un ataque en la calle y, al acudir a la policía, vivimos algo desagradable: ver cómo el agresor se marchaba mientras a nosotros nos pedían la documentación. Fue al llegar a casa cuando me di cuenta e identifiqué el concepto de INDEFENSIÓN APRENDIDA (acuñado por el psicólogo estadounidense Martin E. P. Seligman): primero te agreden, luego buscas ayuda, nadie actúa y acabas creyendo que no sirve de nada denunciar. AHÍ ESTÁ LA TRAMPA.
    La policía tiene el deber de protegernos y nosotros tenemos el derecho de ser protegidos. Si ese deber no se cumple, no solo quedamos expuestos: se rompe la confianza ciudadana y se abre la puerta a la impunidad.

    Por eso no me callo. Por eso hemos denunciado y lo contamos. Porque callar y resignarse alimenta la indefensión aprendida, y exigir responsabilidades —también a las autoridades— es la única forma de romper ese ciclo y recuperar la seguridad que todos merecemos.

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